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El país que solo vio Petro

Ayer se instaló el Congreso de la República y, como lo establece la Constitución, el presidente presentó su último balance de gobierno ante el Legislativo. Era la última oportunidad de Gustavo Petro para rendir cuentas antes de entregar el poder.

Sin embargo, más que un balance de gestión, lo que el país escuchó fue el reflejo perfecto de lo que fueron estos cuatro años de gobierno: un discurso largo, desordenado, lleno de afirmaciones que contrastan con la realidad y con mucha más retórica que resultados.

Mientras el presidente describía un país próspero, seguro y fortalecido, millones de colombianos reconocían una realidad completamente distinta. Parecía que Petro no estaba hablando de la Colombia que gobernó, sino de una que solo existe en su relato.

Sus verdaderos logros

Petro insistió en que deja una economía fuerte. Sin embargo, las cifras cuentan otra historia. The Economist proyecta que Colombia cerrará 2026 con un déficit fiscal del 6,6 % del PIB, el tercer más alto entre 43 economías analizadas. Ese no es el legado de una economía fortalecida; es el reflejo de unas finanzas públicas deterioradas que limitarán el margen de maniobra del próximo gobierno.

En materia de seguridad, el contraste entre el discurso y la realidad fue aún mayor. Mientras el presidente seguía defendiendo la llamada Paz Total, la Contraloría General advirtió que la presencia de grupos armados ilegales creció un 165 % durante este gobierno y que hoy estas estructuras hacen presencia en 30 de los 32 departamentos del país. Lo que se presentó como una estrategia para pacificar Colombia terminó convirtiéndose, en la práctica, en un vehículo que permitió a las organizaciones criminales fortalecerse, expandir su control territorial y desafiar cada vez más la autoridad del Estado.

En salud ocurrió exactamente lo mismo. Petro habló de un sistema fortalecido, pero millones de colombianos siguen recorriendo farmacias sin encontrar sus medicamentos y esperando durante meses una cita especializada o un tratamiento. Esa es la realidad que viven los pacientes, muy distinta a la que el presidente quiso mostrar desde el atril.

Y como si fuera poco, el gobierno entrante ya ha advertido sobre los enormes retos que recibirá, entre ellos la situación de las finanzas públicas y los riesgos para el sistema energético del país. Resulta difícil hablar de un gobierno exitoso cuando el siguiente deberá concentrar buena parte de sus esfuerzos en corregir problemas que hoy ya están sobre la mesa.

Uno de los momentos más desconcertantes del discurso fue cuando Gustavo Petro aseguró que durante su gobierno no murió nadie de la oposición por razones políticas. Escuchar esa afirmación cuando Colombia todavía lamenta el asesinato de Miguel Uribe Turbay resulta, como mínimo, una profunda falta de respeto con su memoria y con millones de colombianos que aún esperan respuestas frente a ese crimen.

Y, para cerrar, el presidente hizo lo mismo que hizo durante buena parte de su gobierno: terminó su intervención y abandonó el Salón Elíptico antes de escuchar las intervenciones de la oposición. El mismo presidente que durante años habló de diálogo, pluralismo y respeto por las diferencias decidió marcharse antes de escuchar una sola crítica. Ese gesto terminó siendo, quizá, el mejor resumen de estos cuatro años.

Porque el problema nunca fue que Gustavo Petro defendiera su gestión. Todos los presidentes intentan hacerlo. El problema es que terminó convencido de un país que millones de colombianos nunca vieron.

Su último discurso fue exactamente igual a su gobierno: desordenado, improvisado, lleno de afirmaciones difíciles de sostener y con más relato que resultados.

El país que Petro describió desde el atril fue, simplemente, el país que solo vio Petro. Porque las cifras, los hechos y la realidad siempre terminan imponiéndose.

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