La primera vuelta presidencial es el momento definitivo para que tomemos las riendas de nuestro país. El próximo 31 de mayo, los colombianos nos enfrentamos a una de las decisiones más cruciales de nuestra historia reciente. Esta jornada no puede convertirse en un acto de fe ciega o sumisión, sino en un ejercicio de profunda responsabilidad ciudadana para defender la estabilidad y el equilibrio de nuestras instituciones, que son el pilar de nuestra democracia y libertad.
Hoy vemos un valioso ejemplo en el panorama nacional: cómo distintas visiones ideológicas y liderazgos con perfiles técnico son capaces de unirse bajo un mismo propósito de país. Esta unión demuestra que la diversidad de pensamiento y la pluralidad suman y aportan cuando el fin común es la firmeza institucional para estabilizar el territorio y la vocación de transformación social. Lamentablemente, la gestión electoral del debate se ha trasladado a las pantallas de nuestros teléfonos, en donde algoritmos diseñados para exaltar las emociones, premian la viralidad sobre el análisis profundo. Es muy fácil dejarse llevar por la popularidad del momento, el discurso exagerado o las falsas ilusiones de quienes pretenden instalar la narrativa de que ganarán en primera vuelta, cuando su verdadera trayectoria electoral e histórica no se ajusta en absoluto a la realidad nacional y social del país.
El voto de los colombianos tampoco puede ser un cheque en blanco para premiar y mantener la continuidad de una mala gestión actual. Por el contrario, la urna debe ser la herramienta democrática legítima para exigir la mejora y corrección urgente de todo lo que se ha administrado mal en los últimos años en el ámbito administrativo y en la red de apoyo social.
Un vistazo general a los planes de gobierno que se debaten demuestra la magnitud de los retos estructurales en juego. Se discute con urgencia cómo robustecer la seguridad territorial mediante el uso de tecnología para proteger a comerciantes y campesinos, así como la aplicación de planes de choque eficientes para sanear el sistema de salud. También se define el rumbo de nuestra matriz energética para diversificar fuentes alternativas sin apagar el aparato productivo, y la forma en que herramientas de analítica y blockchain pueden vigilar en tiempo real la contratación para erradicar la corrupción de raíz.
Por eso, el llamado este 31 de mayo es a apagar el ruido de las redes digitales, dejar a un lado el voto puramente reactivo y sentarnos a leer a conciencia los programas de gobierno. La suerte del país y el futuro de nuestras próximas generaciones no se definen en un video de pocos segundos, sino en la seriedad e información con la que asumamos nuestro deber racional frente a las urnas. El cambio real no vendrá de imposiciones, de promesas vacías o de amenazas a nuestro orden constitucional; vendrá de comprender que, ante los enormes retos que enfrentamos, Colombia necesita un gobierno de todos y para todos.

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